A menudo, cuando sufrimos una relación conflictiva con la comida, se nos dice que nuestro comportamiento es un error, una disfunción o simplemente una falta de voluntad que debemos «corregir». Nos vemos etiquetados, medidos y, sobre todo, presionados a cambiar. Sin embargo, existe una perspectiva diferente, una que no te mira como alguien que necesita ser «arreglado», sino como alguien que está intentando, con los recursos que tiene, sobrevivir a algo que se vuelve insoportable.
La comida no es solo alimento. Comer nunca es un acto puramente natural o biológico. Si observas con atención, verás que la comida siempre está atravesada por lo social, por el lenguaje y por lo que nos rodea. Desde los horarios que organizan nuestro día (desayuno, comida, cena) hasta los códigos sobre qué es «apto» para comer o cómo debemos comportarnos en la mesa, la comida es un puente hacia los otros.
En la época actual, muchas personas viven lo que se llama una «crisis del convivio»: el rechazo a comer con otros, el aislamiento y la clandestinidad; y con el boom de las redes sociales e influencers del fitness se refuerza que nuestros hábitos o conocimientos son equivocados o estamos haciendo mal. Cuando la relación con la comida se desregula, lo primero que se ve afectado es ese lazo con los demás. Así, dejamos de acudir, por ejemplo a reuniones familiares porque ellos comen mal, empezamos a observar cómo comen los otros, sus cuerpos, y a comparar.
¿Por qué aparece el síntoma alimenticio?
El psicoanálisis sugiere que lo que llamamos «trastorno alimenticio» (anorexia, bulimia, atracones) no nace de la nada, ni es simplemente una obsesión con la imagen corporal. A menudo, funciona como una suerte de «autoterapia». Imagina el síntoma no como un enemigo a destruir, sino como una suplencia o un mecanismo de defensa. Ante un punto de angustia insoportable, ante algo en tu vida que no has podido poner en palabras o «humanizar» a través del deseo, el cuerpo toma el relevo. El síntoma es la solución que el sujeto ha encontrado para gestionar una angustia que, de otra forma, le resultaría devastadora. Es una forma de amarrar un goce que se siente «a la deriva».
Por eso, la anorexia o la bulimia suelen aparecer en momentos de cambio, como la pubertad o la adolescencia, cuando surgen nuevas exigencias corporales y sexuales para las cuales, a veces, nos faltan las palabras o los recursos simbólicos. Es, tal vez, la mejor solución que has podido encontrar frente a un desafío abrumador.
El peligro de querer eliminar el síntoma a toda costa sin entenderlo
En nuestra cultura actual, existe una obsesión por atacar el síntoma de forma directa, como si fuera un virus. Sin embargo, la experiencia clínica muestra que esta lucha frontal, este odio al síntoma, a menudo solo consigue cronificarlo o hacerlo más fuerte. Si el síntoma tiene una función, si te ha servido para protegerte frente a algo «real» o insoportable, quitarlo sin más es como intentar quitarle la muleta a alguien que tiene la pierna rota sin haber curado la fractura primero.Un camino «caso por caso». Lo más valioso de este enfoque es la desconfianza hacia las etiquetas generales. No eres «una anoréxica» o «una bulímica» en el sentido de un manual de psiquiatría. Eres una persona con una historia absolutamente singular.
- Tu síntoma es único: Lo que desencadenó tu situación y la función que cumple para ti es distinta a la de cualquier otra persona.
- Tu deseo importa: El trabajo no es forzarte a ser «normal», sino entender por qué y para qué surgió ese síntoma en tu vida.
- El objetivo es una solución mejor: El objetivo de acudir a terapia o psicoanálisis no es «corregirte», sino ayudarte a encontrar una forma más habitable de vivir, donde ya no necesites recurrir al síntoma para gestionar tu angustia.
La terapia
Reconocer que tu síntoma tiene una función no significa aceptarlo como un destino, sino darle el lugar necesario para poder descifrarlo. Cuando entendemos el para qué y el porqué, el síntoma deja de ser el dueño de tu vida y se abre la posibilidad de construir algo diferente, algo que te permita vivir de una manera menos dañina y más propia.